San Martin y un sueño ligado a la tierra mendocina

San Martin

Por Redacción

Una vez retirado, Don José de San Martín tenía el sueño de vivir como agricultor en su querida tierra de Mendoza, como un mendocino más. En una carta de su nutrida correspondencia decía:

“Es muy natural al hombre, prever la suerte que se le propone pasar en la cansada época de su vejez. El estado de labrador es el que creo más análogo a mi genio”.

El 12 de octubre de 1816 el General San Martín le solicitó al Cabildo de Mendoza “el corto número de cuarenta cuadras” que llenaban su aspiración y deseos. El valor de la propiedad era de 200 pesos, pero el General no disponía de esa suma, porque había donado la mitad de su sueldo que lo reducía “a pasar una vida frugal y sin el menor ahorro para embolsar”. Ante la evidencia, el Cabildo le entregó lo pedido y le concedió 200 cuadras a su hija Mercedes Tomasa, “la infanta mendocina” nacida a fines de agosto de ese año.

A su vez, San Martín agradeció la ofrenda, pero al aceptar la merced pidió que las doscientas cuadras asignadas a su hija, y en nombre de ella, fueran donadas a los individuos de su ejército que más se distinguieran en la campaña que pronto se iba a emprender.

“En cuanto a mí –dice su oficio–, las cincuenta cuadras que me ha dispensado la agradable sociedad de Mendoza es lo que apetezco, y la quietud de la vida privada forman el centro y el único punto de vista de mis aspiraciones”.

Después de recibir esta nota del general, el cabildo, el gobernador y la justicia se unieron para hacer respetar la donación hecha a nombre de Mercedes Tomasa, la llamada infanta mendocina, que hacía escasos meses había nacido. Los tres poderes se expidieron sobre el derecho de los padres que pudieran hacer otro uso del dominio útil de los legados a los hijos; y le contestaron al general diciendo: “El gobierno debe amparar a doña Mercedes Tomasa en el derecho de su propiedad…”.

Dando cumplimento, el gobernador intendente de Cuyo, Toribio Luzuriaga, donó los terrenos y destacaba en una emisiva “que comprende que después de haber enriquecido los anales de la Historia de América quiera buscar el descanso en el cultivo de los campos, convirtiéndose en un labrador apacible”. Allí se construyó una casa, que fue levantada en forma de bóveda (antiguo sistema de edificación caracterizado por ser cómodo y resistente) y se plantaron olivos y árboles frutales.

Desde Santiago, Chile, el 19 de julio de 1817, preocupado por la salud pública y los estragos que hacía la viruela, asignó la tercera parte de los productos de esa chacra, para el fomento del Hospital de Mujeres y para que un vacunador recorriera la provincia, liberando a los habitantes de la enfermedad.

En agosto de 1818, al pasar por Mendoza después de la batalla de Maipú, firmó un contrato de aparcería para el cultivo y la explotación de su propiedad.

Cuando su retiro después de Guayaquil, vivió en esa chacra en 1823, dedicado a las faenas rurales, cuando el país se debatía en luchas intestinas. Durante muchos años su entrañable amigo Gregorio “Goyo” G ómez se ocupó de la administración de esa propiedad conocida como de “Los Barriales”.

Cuando se estableció en Bruselas con su hermano Justo Rufino y en Boulogne Sur Mer, ya en sus últimos años, se entretenía con las labores de jardinería. Varias veces afirmó que “el estado de labrador es el que creo más análogo a mi genio, y como un recurso y asilo a las inquietudes y trabajos de una vida toda ocupada al servicio de las armas”. Afirmó que deseaba dedicarse “a romper el campo, cultivarlo y formar mis delicias.

La chacra de Los Barriales fue la eterna ilusión de sus años de ostracismo, no dejaba de escribirse con su administrador, ni dejaba de pensar en ella. Su mayor deseo era volver a Mendoza, tierra pródiga en vinos, frutos de la tierra, y una población a la que había llegado a querer tanto como los mendocinos lo querían él y se enorgullecían de esa relación.

“La provincia de Cuyo es la que he elegido por el buen carácter de su gente, y un rincón de ella para romper a tierra del campo, cultivarlo y formar mis delicias… Y por haber propendido yo mismo a que se fomenten, se pueblen y se cultiven inmensos espacios deshabitados…”

Pero el destino tiene sus reveses. No pudo dejar sus huesos en su “ínsula cuyana”: una ovación popular destinó sus restos a la capital del país y dentro de ella, a la Catedral de Buenos Aires. Pero en Mendoza descansan sus amores familiares: su hija Mercedes, “la infanta mendocina”; el esposo de ella, Mariano Balcarce, y su nieta, los tres en la Iglesia San Francisco bajo la advocación de la Virgen del Carmen de Cuyo, Patrona del Ejército de los Andes.

Fuente: Iscamen Instituto de Sanidad y Calidad Agropecuaria Mendoza.-

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